El miedo al otro en la era digital

Una de las formas actuales de conocer nuevas personas son las redes sociales y las aplicaciones para teléfonos móviles. Entre las muchas opciones existe un portal web cuya particularidad es la de ayudar a encontrar amistades o parejas catalanoparlantes. No hay límite espacial, pues como se menciona existe la posibilidad de relacionarse con todas las regiones que conformarían los Països Catalans (se detallan las comarcas del Principat) y Europa, que englobaría todo lo demás.

A uno podría sorprenderle el hecho de que para conocer a gente con los mismos valores e intereses –así autodefine su misión el portal- se tenga que reparar en el idioma. Como si dos personas no pudieran expresar su complicidad a través de diferentes lenguas. Pero para gustos, colores, se dirá con razón, porque cada cual pone la frontera de su mundo donde considera. Eso sí, también es innegable que existen unos cotos más anchos que otros y, en consecuencia, con mayor capacidad de acoger un abanico más amplio de personas.

Este ejemplo, coyuntural y que puede remitirse a otras comunidades lingüísticas, nos sirve para poner sobre la mesa la dificultad que nos supone convivir con lo que consideramos ajeno, extraño. Si lo semejante conoce lo semejante, como decían los presocráticos, entonces nada más natural que relacionarnos con aquellas personas que comparten lo que nos queda más cercano. Pero también existe lo que nos queda lejos, lo que no nos es cercano, lo que sentimos que es impropio de nuestra cultura. ¿Qué hacer con ello?

Extranjero y extraño comparten etimología, y se componen del prefijo extra, que significa fuera de. Lo que no pertenece a nuestro mundo nos atrae y asusta a la vez. Y aunque en teoría las redes sociales estén para superar las distancias físicas, la alteridad siempre genera reacciones ambiguas. Por eso, es en el terreno de lo íntimo, de las emociones más intransferibles, donde cada uno se reconoce o relativamente abierto a lo foráneo o relativamente receloso. O como dirían Bergson y Popper, sentirse más cómodo en un mundo abierto o más seguro en uno cerrado.

El problema aparece cuando no reparamos en que la dualidad ajeno-propio, extraño-conocido, es contingente y relativa. Nosotros y ellos no son más que categorías, una manera simple de ordenar la complejidad de las relaciones personales, tan propia de los humanos como arbitraria. Porque todos somos conocidos y extraños a la vez. Por eso esta dualidad ha dado y da pie a crueldades entre prójimos, a cual más absurda. No hay soluciones mágicas, por eso no está de más acordarnos de aquel escolar al que un día preguntaron si en su clase había tales o cuales foráneos. “No lo sé. Yo solo veo niños y niñas que se parecen, y los quiero a todos por igual”, respondió.

Dr. Miquel Seguró – Membre de la línia “Ètica del lideratge educatiu i organitzacional